Locos por Gehry

La singular envolvente de este edificio nos enseña lo retorcida y espectacular que puede ser la mente.

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Hola, es difícil que en una familia tan extensa en el tiempo y el espacio (hablo de la mía, evidentemente) no aparezcan casos de enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer o el Parkinson, por citar sólo dos ejemplos, se genera entonces una especial sensibilidad ante estas enfermedades y se torna en una importancia vital ayudar a otras muchas familias a sobrellevar este durísimo trance. Yo, Rodolfo, no tengo la fórmula mágica, pero sí creo en la investigación como herramienta fundamental para el avance en el diagnóstico y el tratamiento.

En esa dirección siempre ha caminado nuestro linaje, el apellido ayuda (no os lo negaré) pero son más las personas que se mueven por empatía, que las que lo hacen por interés, eso ha generado una fuerte sinergia, provocando avances espectaculares que eran impensables (nunca mejor dicho) hace unas décadas. Son muchas las asociaciones y centros que destinan recursos y tiempo en la búsqueda de soluciones, y, lo mejor, son pocas las que están inconexas del resto, así que hoy me toca exponeros aquí, con orgullo, uno de esos pioneros centros, diseñado con el más peculiar arquitecto del Mundo.

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Se trata del Cleveland Clinic Lou Ruvo Center, un novedoso centro clínico altamente especializado en la investigación, la detección y el tratamiento de enfermedades neurológicas, ya sabéis, el Alzheimer, el Huntington, el Parkinson o la esclerosis lateral Amiotrófica (o ELA) que tiene su sede en Las Vegas desde el cercano año de 2010. La instalación costó unos 100 millones de dólares (unos 92 millones de euros), y cuenta con un centro de diagnóstico, salas de neuro-imagen, consultorios médicos y laboratorios dedicados a la investigación clínica, además de otras fruslerías que os presentaré después.

Antes hablaré de Larry Ruvo, un empresario que había perdido a su padre (Lou Ruvo) a causa del Alzheimer y que tuvo la iniciativa de crear este centro. Llamó entonces al, tal vez, arquitecto más popular del Mundo, Frank Gehry, que tiene entre otros reconocimientos el Pritzker de arquitectura de 1989 o el Principe de Asturias de las artes 2014, premios muy meritorios que hablan por sí solos de su carrera profesional. Éste se negó al oír la oferta, nunca había realizado ningún trabajo en la ciudad de Las Vegas, y no iba a empezar a hacerlo ahora. Pero nada es para siempre, así que Larry y Frank llegaron a un acuerdo: el primero incluiría la enfermedad de Hurrington en la lista de investigaciones y el segundo pondría su mejor voluntad en el proyecto.

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Las razones de la petición de Gehry eran personales, como todo en la vida, la mujer de uno de sus mejores amigos, Milto Wexler, había sufrido dicha enfermedad, y el arquitecto estaba afectado por la suerte de su amigo y familia. Milto Wexler era psicoanalista y volcó parte de su vida en la búsqueda de tratamientos para el Hurrington, hasta fue el precursor de la Fundación de enfermedades hereditarias, ahora es la hija de Wexler, Nancy, la que ha tomado las riendas de la fundación. A los dos años de iniciar el proyecto, en 2009, Larry Ruvo ya tenía un socio de renombre: la Clínica Cleveland, a esto lo llamo yo sinergia, sin duda.

Para esta visita conté con mi primo Ingeniero, ya sabéis, el piloto de helicópteros. Sobrevolar el edificio es algo que supera cualquier tiovivo o atracción de la ciudad de Las Vegas, os aseguro que es increíble ver la extensa y amorfa cubierta de acero inoxidable, un amasijo de metal inescrutable desde el cielo y a ras de suelo. Tanto me gustó que estuvimos a punto de quedarnos sin combustible, menos mal que mi primo no se deja llevar por las emociones y es un profesional de primera.

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El complejo está compuesto por dos edificios, como si se trataran de los dos hemisferios del cerebro, el racional, donde se desarrollan las funciones médicas y de investigación, y el hemisferio emocional, en el que se desarrollan los eventos públicos. Entre ambos una zona de transición, un parque desde el que puedes observar el edificio y sacar fotos para subirlas al twitter o al instagram. Estéticamente el hemisferio racional está compuesto por una serie de volúmenes de estuco blanco y cristal, una serie de paralelepípedos muy bien ordenados que nos dan cierta seguridad y tranquilidad.

El segundo hemisferio, el emocional, se envuelve en un rocambolesco y enorme muro cortina de acero inoxidable, con pliegues y ángulos sin aparente conexión (como nuestros sueños, diría Froid). Este espectacular muro se ancla a la fachada principal del edificio por 544 elementos de acero que pesan entre 900 y 4.500 kilogramos cada uno, y que están sujetos por entre 60 y 100 pernos, a los que se unen mediante 30.000 tornillos de acero inoxidable las 18.000 tejas del mismo material que le dan su aspecto final. Pero eso no es todo, las 199 ventanas del edificio son diferentes entre sí, y las 18.000 tejas también (incluso tienen 875 tonos distintos), por supuesto, requería un método especial el identificar y colocar cada una de esas tejas, así que, a grandes males, grandes remedios. Gracias a la tecnología BIM se estableció un código de barras para cada una de las placas de acero inoxidables, de esta forma se podía analizar individualmente las piezas antes de su colocación definitiva… ¡Apasionante!

El complejo incluye el Museo de la Mente (un centro de aprendizaje interactivo que se centra en la mente y el cerebro), una cafetería pública y una cocina de catering para los operados por la organización Wolfgang Puck, salas de conferencias, espacios de oficinas; y un auditorio para eventos, seminarios, conferencias y foros. Dentro de este auditorio, con 13.000 metros cúbicos de volumen interior y una capacidad para 400 asistentes sentados o 700 de pie, puedes empezar a temblar, admirando la sinuosa cubierta, que se convierte en una pared totalmente taladrada por ventanas de irregular forma. Todo de un blanco impoluto.

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El material que cubre una gran parte de la edificación es el estuco, de un blanco inmaculado. Este material tiene su nacimiento en Venecia, con el famoso estuco veneciano, se trata de una mezcla de elementos naturales: cal apagada, mármol pulverizado, yeso y pigmentos de diferentes colores; estos se mezclan hasta que forman una pasta con la que se recubren los paramentos. Se utiliza tanto en interiores como en exteriores, según su composición, y permite diferentes acabados: rugoso, liso, pulido, incluso se puede modelar dándole diferentes formas. Es ignífugo, antibacteriano (recordáis la cal ¿no?), y transpirable (con lo que evitamos humedades por condensación).

Su grosor oscila entre 2 y 4 milímetros, siempre dándolo como mínimo en dos manos, a no ser que el fabricante nos indique otra forma de utilización. Es fundamental que los paramentos sobre los que vamos a pintar con estuco estén totalmente planos, de ello depende la calidad visual final. Me encanta la idea de utilizar este material en mi futura edificación, sobre todo porque es duradero y presume de una extensa gama de colores y terminaciones. Adiós.

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