Arquitectura bajo tierra

El Enoturismo tiene un nuevo ícono en la Toscana: la bodega Antinori se esconde bajo tierra, bajo la tierra de sus viñedos.

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Hola, irradio en este pésimo día la amarga convicción de que el ser humano se ha equivocado de siglo, la terrible sensación de haber visitado un lugar extrañamente desaprovechado y el augurio de que no será la última vez que esto suceda. Pero la decepción, obviamente, sólo va por tramos, además, mi sentido práctico y generoso de la vida me hace ver más allá de conceptos inadecuados y me posibilita encontrar realidades más positivas. Seguro de que hoy, muchos lectores estarán en desacuerdo con mi versión de los hechos, los enfrento aquí con una obra singular, que, para mí, se aleja de la arquitectura: La Bodega Antinori.

Inexplicablemente, la bodega de la centenaria familia italiana Antinori, cuya presencia en el mundo enológico se ha hecho notar por más de 20 generaciones, se coló en la lista de los premios Mies Van Der Rohe, menos mal que al final volvió la cordura y no recibió el galardón. Porque… ¿Acaso estaría de acuerdo Mies con la elección? ¿Se parece o asemeja este nuevo edificio (cuya construcción terminó en el año 2.012) a lo que él entendía por arquitectura? Claro, tal vez el problema sea que este premio europeo debiera llevar otro nombre, u otra sensibilidad (que dirían los técnicos), pero mejor me sosiego un poco antes de continuar…

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Yo, Rodolfo, estuve allí hace poco, en el curioso edificio sumergido en las colinas de Chianti, entre Florencia y Siena, para muchas personas, la mejor región de la Toscana (con permiso de Florencia). Marchesi Antinori fue el promotor que dio pie a que el estudio de arquitectura Archea Associati se pusiera manos a la obra en diseñar y crear este complejo. En concreto, la nueva bodega se ubica en Bargino (San Casciano Val di Pesa) y abarca 130.000 metros cuadrados de superficie (o 13 hectáreas), dentro de los cuales se han construido 49.000 metros cuadrados cuyo volumen es de 287.260 metros cúbicos.

A pesar de la enorme superficie de actuación, los responsables buscaron que el impacto visual fuera el mínimo posible, para hacerlo excavaron el lomo de una montaña, introdujeron la construcción en su interior, y después volvieron a rellenar las partes expuestas para plantar viñedos… ¡incluso en la cubierta! ¿No es de locos? Obviamente el objetivo era mimetizar el edificio con el paisaje rural (conseguido), eso sí, como la luz y el aire eran imprescindibles para la subsistencia del interior (y su bienestar mental) han tenido que dejar dos franjas horizontales en forma de fachada, dando un respiro al visitante… y al operario de la empresa.

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Completando la interacción con el exterior han distribuido, en diferentes zonas, aberturas circulares que dan oxígeno y luz a las oficinas y a las zonas de exposición, y, de paso, también sirven como mirador sobre las bodegas y las áreas de vinificación. En la zona más recóndita se esconde la bodega, donde se produce la maduración del vino, allí se puede controlar mejor las condiciones de temperatura y luz que necesita la preciada bebida. Este almacén ha sido diseñado con una exquisita intencionalidad, la de darle a las barricas de vino el lugar que merecen, para ello han realizado un habitáculo paralelepípedo con hormigón armado (un cuarto enorme) y luego han formado, con vigas de acero, bóvedas sinuosas recubiertas con terracota (me gustó, para qué negarlo).

El cálculo estructural corrió a cargo de Aei Progetti, ellos nos contaron que el complejo se compone de siete edificios autónomos, que hubo que excavar hasta 20 metros de profundidad, que los pilotes (pilares introducidos en el terreno cuando éste no es capaz de resistir por sí mismo la carga del edificio) de soporte de los cimientos tienen hasta 18 metros de longitud y que (estaban especialmente comunicativos) el coste total de la estructura fue de 29,5 millones de euros sobre los 65 millones de coste total, en otras palabras, la estructura costó un 45 por ciento del presupuesto.

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De la ingeniería se encargaron Hydea y Emex, de la construcción Inso y de los elementos de terracota Sannini Impruneta. Como va siendo costumbre en el enoturismo, los edificios no se construyen sólo para el vino y su producción, también se ejecutan para el disfrute de los turistas. Así, en el que nos ocupa, los visitantes entran por el sótano observando la bodega y van subiendo a través de las áreas de producción, las salas de prensa, los laboratorios, hasta que llegan al restaurante, el auditorio, la biblioteca, el museo y (lo más importante) las zonas de cata y compra de productos. Terminado este recorrido ya están a sólo una planta de la superficie, en ella se ubican las oficinas y las áreas administrativas, aparte están la casa de huéspedes y la vivienda del vigilante.

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Como sabéis, no me gusta perder el tiempo, no sé si es oro o no, pero para mí por lo menos es roble. Digo esto porque lo que motivó mi visita a la famosa bodega fueron dos materiales: uno, el roble, que recubre el auditorio para 200 personas. Su disposición en tablones verticales da una mayor sensación de altitud, elevando el techo con cierta elegancia. Su tonalidad marrón clara nos inunda de tranquilidad, estamos rodeados de un árbol cuya eficacia contrastada es la mayor de sus armas. El roble es de la familia de las Fagáceas, crece hasta los 40 metros, su tronco alcanza entre uno y dos metros de diámetro y puede vivir hasta los 200 años (aunque algunos superen ampliamente esta cifra).

En el sector del vino ha sido (y es) utilizado como lugar de almacenamiento (barril) del líquido, dándole tonalidad y sabor, aunque en este punto lo mejor es que le preguntéis a Rocío, ya sabéis, la experta enóloga de The Luxonomist. Para mí lo más importante es su dureza y trabajabilidad: es la perfecta madera para construcción, muy apreciada en la naval por su resistencia a la penetración del agua, también lo es en carpintería, ebanistería y edificación dado que su porte es rectilíneo (árboles esbeltos) y esto facilita el máximo aprovechamiento del material. Por su condición de árbol extendido por todo el globo, es fácil encontrarse con alguna de sus 450 especies, así que no hay excusa para no utilizarla.

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El otro material que se extiende por todo el inmueble (y que lo he anotado para mi futura edificación), es el acero corten, en concreto me fascinó la escalera helicoidal con eje excéntrico, que une las cuatro plantas de la edificación y que, traspasando aberturas circulares, va variando la ubicación de su eje y el tamaño de su diámetro (me gustó, para qué negarlo). El acero corten está formado por una mezcla de cromo, níquel y cobre (con otros elementos en cantidades más pequeñas) cuya particularidad es que, al oxidarse, se crea una costra que protege su interior, dándole una mayor vida al acero sin necesidad de protegerlo con otros elementos.

Es soldable (por supuesto) y tiene una tonalidad anaranjada que se oscurece con el tiempo, eso sí, a la intemperie se acelera el proceso, esta curiosa coloración (junto a su durabilidad) lo ha convertido en el acero favorito por los diseñadores. Debemos tener cuidado durante la oxidación, que puede tardar entre 12 y 18 meses, porque en este período el agua arrastra partículas de acero que manchan y afean las superficies donde se ubique el metal, a tod@s nos viene a la mente alguna escultura que ha manchado las rocas o el hormigón de su base.

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Mi conclusión es que los materiales no tienen que ver siempre con la arquitectura, para mí, hacer un edificio escondido es lo más cerca de la anti-arquitectura que se puede estar, aunque su funcionalidad interior sea espléndida, su estructura sea un regalo a la ingeniería y sus almacenes estén aislados perfectamente. La arquitectura es una expresión del arte, y como tal, debe reflejarse a la vista de tod@s, ¿la Gioconda debajo de un paño? ¡Sacrilegio! Mies Van Der Rohe no era arquitecto, y eso no ha evitado que se estudie su legado en todas las escuelas de arquitectura del Orbe. Adiós.

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